Es uno de los edificios más vanguardistas de la arquitectura chilena en el siglo XX, que se distingue por su fusión entre el estilo Neoclásico y el Art Nouveau.
Por Felipe Rodríguez/
A pesar de haber sido creado como institución 30 años antes, el Museo Nacional de Bellas Artes, no había encontrado un lugar físico estable hasta la edificación de su actual sede en 1910. Ubicado en el centro del Parque Forestal de Santiago y a sólo metros del cerro Santa Lucía, el principal hogar del arte en Chile, posee un valor sustancial para la urbanística nacional, representando además, un emblema para la patria al momento de su inauguración.
Cuando se cumplía el primer centenario de independencia de la república (1910), el gobierno de turno, encabezado por el presidente Germán Riesco, llamó a concurso público para que se construyera el nuevo edificio que sería la sede del Museo Nacional de Bellas Artes. Entre el gran número de arquitectos participantes, un chileno con ascendencia francesa, Emile Jéquier, ganó la preferencia del comité organizador. El Ministerio de Industrias y Obras Públicas, que había oficiado de jurado, le entregó la responsabilidad a este joven arquitecto
nacional para edificar una de las obras más fastuosas de la época, siendo utilizada posteriormente como símbolo urbanístico y de infraestructura moderna para celebrar los primeros cien años de la nación.
No obstante de esta ulterior representación republicana, inicialmente el Palacio del Museo Nacional de Bellas Artes tuvo la finalidad de tapar la imagen deplorable que significaba para la ciudad, el estado del terreno anterior a su construcción. Lo que hoy se conoce como Parque Forestal, incluyendo todo el cordón de áreas verdes desde el Barrio Lastarria que pasa por el área donde se ubica el edificio y la ribera del río Mapocho, conformaban un paisaje sucio y mal cuidado. La basura, los desperdicios, junto a los animales como cerdos y ratas, empañaban el terreno transformándolo en un foco de insalubridad para los habitantes. Uno de los puntos negros de Santiago que no sólo ensuciaba el paisaje sino que además a la comunidad, proyectaba un signo de subdesarrollo en una ciudad que intentaba parecerse a París.
Sin ir más lejos, la gran mayoría de las construcciones que se habían hecho hasta entonces, incluidas las que eventualmente se realizarían en el futuro, eran idénticas a los edificios parisinos. “Los planos y diseños urbanísticos de fines del siglo XIX y principios del XX, consistían en copias, algunas burdas, de construcciones francesas”, explica el arquitecto de la Universidad Andrés Bello, Juan Amenábar. La gran mayoría de los diseñadores urbanísticos y constructores –arquitectos-, viajaban a la capital francesa para conocer la vanguardia en materia de infraestructura y edificación en ciudades. “Todos llegaban
maravillados de París, contando lo que ahí pasaba en materia urbana. Lo que después se construyera en Chile y principalmente en Santiago –estamos hablando de grandes obras y palacios-, eran réplicas de los diseños que habían visto”, agrega.
Siendo un derivado de los grandes ejemplos franceses, el plano arquitectónico del Palacio del Museo Nacional de Bellas Artes, corresponde a la unión del estilo Neoclásico con el Art Nouveau como vertientes utilizadas para su diseño. “De estas dos corrientes artísticas, resulta su fino decorado y la belleza de la estructura interna de su techumbre, que consiste en una jaula de hierro forjado hecha completamente en Bélgica y traída a Chile en 1907”, ilustra el arquitecto Amenábar.
La construcción de este magno edificio, a manos de Emile Jéquier, duró ocho años y tuvo su inicio en 1902, siendo entregado finalmente en 1910. Ese mismo año se llevaría a cabo su inauguración, el 21 septiembre, para así conmemorar un nuevo aniversario de la patria, nada menos que en el marco de los 100 años como país independiente. Una ceremonia marcada por la pomposidad y prominencia del primer centenario de la república que se celebraba bajo la contemplación artística.
De Da Vinci a Rodin
Las más altas obras del arte mundial han pasado por el Museo Nacional de Bellas Artes. Todo un ícono urbanístico y cultural del país.
Por el hogar de la artes en Chile, han pasado una amplia gama de connotados artistas nacionales y extranjeros, asegurando un viaje por diferentes épocas y estilos. Sus visitantes han podido deleitarse con obras de Leonardo Da Vinci, Boticcelli, Miguel Ángel, Degas, Cezzane, Munch y Rodin, por nombrar algunos de los grandes genios del arte universal, cuyas creaciones han podido ser vistas en lo salones del museo. Mientras que en el ámbito nacional, también ha existido una gran acogida hacia expositores chilenos, siendo Nemesio Antúnez, Camilo Mori, Roberto Matta, Carolina Aldunate, entre muchos otros, algunos de los nombres más emblemáticos.
Para la historiadora de arte y docente en la Universidad de Chile, Doris Rosales, “por los muros del museo han pendido grandes obras como el Beso de Rodin que representa la belleza del amor humano.”
Entre las figuras que decoran la arquitectura del palacio del museo, por sólo mencionar algunas, se pueden destacar a unas especies de ángeles enormes que observan a los visitantes hasta llegar al hall central, así como en el exterior se pueden ver medallones con los rostros de hombres afamados e históricos en materia artística, que custodian las paredes del edificio. Mención aparte merecen las esculturas de Carolos Millé que decoran su interior y quizás la más emblemática que da la bienvenida en las afueras del reciento: Unidos en la Gloria y en la Muerte de Rebeca Matte, que es una de las obras más representativas del expresionismo chileno, destacando por su fuerte dramatismo para resaltar las emociones humanas”, agrega Rosales.

No comments:
Post a Comment