
Un vuelo por Bellavista.
Pedro Pablo López
A medida que los metros pasan bajo mis pies, a lo largo de Pío Nono, asoma en el fondo la figura del familiar y ya querido cerro San Cristóbal. Me cuesta un poco imaginar que alguna vez en todo ese lugar no hubo sino sólo piedras e indígenas que ocupaban sin molestar. La historia es cíclica dicen y creo que de cierto modo es verdad, aunque tiene sus excepciones, y pienso que justamente eso es lo que ha convertido al barrio Bellavista en lo que es hoy: una expresión de multicultura que alcanza, me atrevería a decir, a todos los bolsillos o, si se prefiere, condiciones sociales.
Ahora que en mi cabeza dan vueltas miles de ideas y que, gracias al auspicio de un “Belmont sonrisa” (sí, un “pito” para los que no entienden del todo), reflexiono sobre lo que es hoy el barrio; me doy cuenta de que en el hay una confluencia cultural que resulta interesante si queremos conocernos un poco más entre los que habitamos Santiago. No hay que caminar mucho para encontrarse con la casa de Pablo Neruda; el poeta del que en el colegio sólo enseñan poco más que el hecho de que es uno de nuestros dos premios Nobel. La “Chascona”, es una de las tres casas que tuvo Neruda y es sin duda un lugar para viajar. Con su ambientación artística, algo basada en la estructura de un barco- según indica la guía- resulta increíble cómo hay momentos en los que pareciera que no se está en Santiago.
Los muebles, las entradas, la maravillosa puerta secreta que Neruda usaba para sorprender a sus invitados, sus casi obsesivas colecciones – entre las que hay una de fotografías “porno” de principios de siglo- son elementos que le dan un carácter propio y digno o, mejor dicho, acorde con la estética del barrio en su conjunto.
Para poder escribir y apreciar todo, antes de venir leí sobre la historia del barrio y cuesta imaginar que alguna vez haya sido sede de claustros y hasta de la aristocracia naciente en el país. Originalmente- esta es la parte en la que empecé a viajar mientras leía y, más tarde, recorría los lugares- los españoles, en la etapa fundacional de Santiago, segregaron e incluso trasladaron a las poblaciones indígenas que había en el lugar con base en la supuesta superioridad racial de los conquistadores. En ese tiempo el lugar se llamaba “La Chimba”- que en Quechua significa “terreno al otro lado del río”- y estaba lejos de ser, como hoy, un punto de encuentro entre artistas, escritores e intelectuales como se le conoce tradicional, popular y actualmente.
Sigo caminando. Prendo mi encendedor y aspiro otra bocanada de humo del que me hace pensar aun más; casi viajar físicamente, dejar de estar en donde creo para pasar a un mundo aparte. Y es que eso es hoy el barrio. Si bien tiene una importante carga de vida nocturna convencional- léase pubs, restaurantes, tragos, promociones, etc.- hay en sus estructuras y sus calles una presencia diferente. Hoy confluyen todas las tribus de la capital aquí. Y no hablo sólo de tribus urbanas o juveniles. Me refiero a todo. Todo lo que se quiera encontrar está. Para comprobar lo que digo basta con caminar solo algunas cuadras para encontrar “picadas” de parrilladas, restaurantes con especialidad árabe y otros que ofrecen platos y tango; locales donde la música es la reina y los jóvenes sus plebeyos; otros donde las autoridades saben que la gente comparte la marihuana como un bien preciado y por algún motivo no intervienen –y es de esperar que no lo hagan- la mencionada casa de Neruda, galerías de pequeños locales artesanales combinados con lo más sofisticado en arte culinario y tragos para turistas…y todo coronado por una columna de personas que, como sirvientes que lanzan pétalos al paso de sus amos, ofrecen sus creaciones manuales en las veredas a cambio de menos dinero del que uno puede gastar tomando un pisco sour u otra cosa.
Es un mundo, una vida aparte, es muros pintados y olor a cuero, es casonas viejas y colores vivos. No es difícil entender a Neruda y su decisión de poner a su “Chascona” en lo alto del barrio. Pareciera que es su estética la que reinó desde el comienzo y terminó por regir la apariencia de todo el sector. Los indígenas de hoy son los que venden, los que transan, los que conviven ahí, los que se “curan”, los que comparten un pito de marihuana, los que ahí viven, los que ahí le dan un giro a sus vidas y salen un poco de la rutina que ofrecen los millones de toneladas de cemento y acero que ofrece Santiago. Ahí están los que antes expulsaron y fueron expulsados. Ahí están ahora los dueños de locales que concentran a turistas, “cuicos” y el resto. El resto compuesto, claro, por la crema de una sociedad llena de poetas urbanos que, casi como si fuera su santuario, su propia Meca, rondan los cimientos de un lugar en el que nacieron algunas de las mejores y más reconocidas obras de Pablo Neruda. Poetas que escriben con letras, con pintura, con artesanía. Poetas que, de la forma que sea y después de casi 500 años de historia, lograron ganarse un lugar en lo que fue corazón de la aristocracia, centro religioso y foco de las más variadas historias que puede ofrecer esta inmensa ciudad.

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